Este año, la Fiesta de Todos los Santos y el Recuerdo (Conmemoración)
de todos los Difuntos, nos encuentra de luto, por las víctimas del último
accidente ferroviario.
Una tragedia que (aunque podía y debía haberse evitado), nos
hace sentir, una vez más, la fragilidad de la condición humana. Y también pone
de manifiesto, por otra parte, la capacidad de solidaridad de las personas: los
habitantes de Urda y los pueblos cercanos… Como nos dice hoy san Juan, somos hijos de
Dios, aunque eso no resulta evidente en este mundo, que sabe poco de Dios. Dios
ha puesto en nuestros corazones algo de su vida, su capacidad de amar.
Hablar de santidad es hablar de esa vida de Dios, que es
fuente de bondad y hermosura, de paz y solidaridad.
Esa vida de Dios (amor, paz, equilibrio) es, a la vez, lo
que nos hace más humanos. Por esto, hablar de santidad es hablar de vida humana
desarrollada en plenitud. Plenitud dentro de cabe en las situaciones concretas,
limitadas y ambigüas de nuestra existencia. Por eso, no significa que todo
salga bien, ni siquiera es acertar a hacerlo todo bien (los santos también tuvieron
sus debilidades y fallos). Tiene que ver, más bien, con el amor, con el empeño
de “pasar haciendo el bien”, como nuestro Maestro (Hch 10,38); y con apoyarnos en
Dios que nos ama incondicionalmente. Lo que escuchábamos el domingo pasado.
Escuchamos hoy el Evangelio (Buena Noticia) de las
Bienaventuranzas. Es significativo que el mensaje de Jesús no comience con un
código de normas que hay que cumplir, sino con una palabra de bendición y una
promesa de Vida.
Una palabra que, aunque Mateo y Lucas la ponen al principio
del Evangelio, está dirigida a una comunidad que ya conoce las dificultades y
contrariedades que tiene el seguir a Jesús realmente. Una comunidad que conoce
las lágrimas, la persecución y la pobreza. Y que, en medio de todo, aprende a
purificar el corazón y cultivar actitudes de no violencia, de misericordia, de
anhelo de la voluntad de Dios (la justicia), de trabajo real por la paz…
Cada bienaventuranza merece una meditación, pues condensa un
sentido amplio y profundo. Y cada una se ilumina desde Jesús, el que las vive
en plenitud. Escúchalas, sabiendo que también tú estás llamado a aventurar la
vida siguiendo a Jesús. A vivirla así en plenitud.
Y con esperanza en Dios, que nos llama a la vida para
siempre, a participar de su Vida, oramos por los difuntos. Por los nuestros, y
por todos. Pedimos a Dios que los reciba en su VIda, pues es algo que está más
allá de nuestro alcance. Lo pedimos confiadamente, sabiendo que Él, lleno de su
misericordia, la ofrece con generosidad.
En la Exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate”, el Papa
Francisco nos habla de esta vocación a la santidad, y en el capitulo tercero,
hace un hermoso comentario de las Bienaventuranzas. Puedes leerla aquí.
La historia de esta celebración empieza en los primeros
siglos. Desde muy pronto, la Iglesia venera a los mártires como testigos de
Cristo resucitado: su fidelidad recuerda a Jesús, que entrega su vida por
nosotros, y que nos comunica esa fuerza que vence a la muerte. En la
persecución de Diocleciano (a principios del siglo IV), hubo numerosos mártires
y, ante la dificultad de conmemorarlos por separado, surgió una celebración
para recordarlos todos juntos. Con el correr del tiempo, a la memoria de los
mártires se ha unido la de muchos otros, cuyas vidas también manifiestan esa
fuerza del amor de Dios: en su entrega generosa a los demás, en su servicio a
la comunidad cristiana, en su sabiduría y rectitud de vida… En el siglo IX, el
Papa Gregorio IV fijó esta fiesta de Todos los Santos en el 1 de
noviembre para la Iglesia Occidental.

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