sábado, 31 de octubre de 2026

"Bienaventurados" (Mt 5, 1-12)

 

Este año, la Fiesta de Todos los Santos y el Recuerdo (Conmemoración) de todos los Difuntos, nos encuentra de luto, por las víctimas del último accidente ferroviario.

Una tragedia que (aunque podía y debía haberse evitado), nos hace sentir, una vez más, la fragilidad de la condición humana. Y también pone de manifiesto, por otra parte, la capacidad de solidaridad de las personas: los habitantes de Urda y los pueblos cercanos…  Como nos dice hoy san Juan, somos hijos de Dios, aunque eso no resulta evidente en este mundo, que sabe poco de Dios. Dios ha puesto en nuestros corazones algo de su vida, su capacidad de amar.

Hablar de santidad es hablar de esa vida de Dios, que es fuente de bondad y hermosura, de paz y solidaridad.

Esa vida de Dios (amor, paz, equilibrio) es, a la vez, lo que nos hace más humanos. Por esto, hablar de santidad es hablar de vida humana desarrollada en plenitud. Plenitud dentro de cabe en las situaciones concretas, limitadas y ambigüas de nuestra existencia. Por eso, no significa que todo salga bien, ni siquiera es acertar a hacerlo todo bien (los santos también tuvieron sus debilidades y fallos). Tiene que ver, más bien, con el amor, con el empeño de “pasar haciendo el bien”, como nuestro Maestro (Hch 10,38); y con apoyarnos en Dios que nos ama incondicionalmente. Lo que escuchábamos el domingo pasado.

Escuchamos hoy el Evangelio (Buena Noticia) de las Bienaventuranzas. Es significativo que el mensaje de Jesús no comience con un código de normas que hay que cumplir, sino con una palabra de bendición y una promesa de Vida.

Una palabra que, aunque Mateo y Lucas la ponen al principio del Evangelio, está dirigida a una comunidad que ya conoce las dificultades y contrariedades que tiene el seguir a Jesús realmente. Una comunidad que conoce las lágrimas, la persecución y la pobreza. Y que, en medio de todo, aprende a purificar el corazón y cultivar actitudes de no violencia, de misericordia, de anhelo de la voluntad de Dios (la justicia), de trabajo real por la paz…

Cada bienaventuranza merece una meditación, pues condensa un sentido amplio y profundo. Y cada una se ilumina desde Jesús, el que las vive en plenitud. Escúchalas, sabiendo que también tú estás llamado a aventurar la vida siguiendo a Jesús. A vivirla así en plenitud.

Y con esperanza en Dios, que nos llama a la vida para siempre, a participar de su Vida, oramos por los difuntos. Por los nuestros, y por todos. Pedimos a Dios que los reciba en su VIda, pues es algo que está más allá de nuestro alcance. Lo pedimos confiadamente, sabiendo que Él, lleno de su misericordia, la ofrece con generosidad.

En la Exhortación apostólica “Gaudete et Exsultate”, el Papa Francisco nos habla de esta vocación a la santidad, y en el capitulo tercero, hace un hermoso comentario de las Bienaventuranzas. Puedes leerla aquí.

 

La historia de esta celebración empieza en los primeros siglos. Desde muy pronto, la Iglesia venera a los mártires como testigos de Cristo resucitado: su fidelidad recuerda a Jesús, que entrega su vida por nosotros, y que nos comunica esa fuerza que vence a la muerte. En la persecución de Diocleciano (a principios del siglo IV), hubo numerosos mártires y, ante la dificultad de conmemorarlos por separado, surgió una celebración para recordarlos todos juntos. Con el correr del tiempo, a la memoria de los mártires se ha unido la de muchos otros, cuyas vidas también manifiestan esa fuerza del amor de Dios: en su entrega generosa a los demás, en su servicio a la comunidad cristiana, en su sabiduría y rectitud de vida… En el siglo IX, el Papa Gregorio IV fijó esta fiesta de Todos los Santos en el 1 de noviembre para la Iglesia Occidental. 


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