domingo, 8 de febrero de 2026

“Sois la sal de la tierra” (Mt 5, 13-16)


 La sal, en la antigüedad, era símbolo de permanencia, porque conserva los alimentos sin corromperse. El "pacto de sal" tenía garantía de fidelidad y de cumplimiento. A ello hace referencia Jesús al decir "vosotros sois la sal de la tierra". En un mundo donde todo tiene la tentación de corromperse, se nos llama a vivir la integridad, la fidelidad. También la comunión.

Saber  y sabor tienen la misma raíz de sal. Pablo, por su parte, dice que “nunca me precié de saber cosa alguna, sino a Jesucristo, y este crucificado” (1 Cor 2, 1-5)  ¿A qué sabe tu vida?  

Jesús nos invita a aportar el sabor y la sabiduría del Evangelio. Como la sal, mezclándonos, haciéndonos presentes en el mundo. Pero sin perder nuestro sabor. Estar en el mundo sin ser del mundo.

Y nos dice que somos la luz del mundo. Estas palabras expresan la confianza de Dios en nosotros. Y nos interpelan. En un mundo donde la fe se intenta relegar al espacio "privado", fuera de los espacios públicos (donde se decide cómo intentar construir un mundo en paz, qué es la justicia, cómo distribuir los bienes del mundo y conservar el medio ambiente....), Jesús nos dice que "no se enciende una lámpara para ponerla debajo de un cuenco". Es que "una ciudad en lo alto de un monte" es imposible de ocultar. Una Iglesia construida como comunidad sobre la vida y mensaje de Jesús, sobre su Cruz y Resurrección, no puede dejar de ser signo que hable de Dios y de la vida que nos ofrece. 

Isaías, consciente de que también en nosotros hay oscuridades ("cuando alejes de ti la opresión, el dedo acusador y la calumnia..."), nos habla de cómo ser luz: "parte tu pan con el hambriento... no te desentiendas de los tuyos. Entonces surgirá tu luz como la aurora, enseguida se curarán tus heridas".  (Is 58, 7-10). El testimonio de Pablo nos ofrece también, una perspectiva sobre cómo “brille vuestra luz ante los hombres", " no con persuasiva sabiduría humana, sino en la manifestación y el poder del Espíritu", el de "Jesucristo, y este crucificado". Tal vez no sea una luz "deslumbrante", como la de las estrellas mediáticas. Sino, más bien, la luz de quien sirve y se entrega, de quien vive el amor y ayuda a vivir. Las bienaventuranzas, encarnadas en actitudes concretas, en "buenas obras", se convierten en luz. Hoy, el Evangelio te invita a preguntarte por esas actitudes evangélicas que Dios te invita a vivir, para ser luz. 


La Campaña contra el Hambre de Manos Unidas nos ofrece una forma concreta de ser luz del mundo, en línea con la palabra de Isaías (58, 7-10).

Desde hace cerca de 70 años, Manos Unidas trabaja para que muchos puedan tener una vida digna, libre de la miseria y el hambre. Pionera en plantear la solidaridad como ayuda para que los pobres pongan en marcha proyectos de desarrollo desde su propia realidad; ejemplar en la gestión de sus fondos… Hoy propone, un año más, que colaboremos económicamente. Necesita también otra ayuda: la de personas que ofrezcan parte de su tiempo, que se comprometan como voluntarios para tomar el testigo y seguir realizando esta labor. ¿Tal vez puedes ser tú?

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

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