Jesús se enfrenta, a veces, con los fariseos y escribas:
para curar en sábado, salvar a una mujer condenada a muerte por adulterio...
hoy escuchamos el sentido de esto, que no es una "rebaja" de las
exigencias de la Ley; sino, precisamente, su realización plena. Jesús es, la
Palabra definitiva del Padre, que nos da la clave para comprender toda la
revelación anterior: "el Hijo Único, que está en el seno del Padre, nos
lo ha dado a conocer" (Jn 1, 18). Y por eso “habla con autoridad” (Mt
7, 28-29), con ese “pero yo os digo”
que precisa y señala el sentido de la Revelación ya conocida.
Una plenitud que es radicalidad: “si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas y fariseos, no
entraréis en el reino de los cielos”. Y una radicalidad que no es cumplimiento
minucioso de preceptos, sino ir a su raíz: aquí, Jesús habla de la renuncia a
toda forma de violencia (también la verbal), y la búsqueda de la
reconciliación; el respeto a la persona y a la familia, que ha de purificar la
mirada; la opción por el amor, incondicional y definitiva, que funda la familia
y le da solidez; la sinceridad. En otros momentos hablará de la generosidad
frente a la codicia (Lc 12, 15; Mt 25), y otros temas. Jesús llama a vivir estas
actitudes desde el corazón. Y a cortar de raíz con cuanto se opone a ellas.
Nos llama a evitar la hipocresía y el autoengaño de quien
cumple la Ley “hacia fuera”, en lo más visible, pero mantiene actitudes contrarias.
Y también el cinismo de quien asume el mal y el pecado como algo “normal”. Un
poco más adelante lo dirá: “sed perfectos
como vuestro Padre celestial es perfecto”. (Mt 5, 48)
El texto con que S. Lucas transmite este discurso de Jesús, añade
un matiz que ayuda a comprender en qué consiste esa perfección: “sed
misericordiosos como vuestro Padre celestial es misericordioso” (Lc 6, 36).
Si se saca d contexto, el pasaje de Mateo que hoy escuchamos, con las
hipérboles y el lenguaje tajante típicamente judío, podría dar sensación de rigorismo.
Pero hay que entenderlo mirando el obrar de Jesús, que dijo a la adúltera “Yo tampoco te condeno” (Jn 8, 11) y a la
pecadora, “quedan perdonados sus muchos
pecados, porque ha mostrado mucho amor. A quien poco se le perdona, poco amor
muestra” (Lc 7, 47-49). La clave es la misericordia de Dios, que perdona
nuestras debilidades y errores. Y, precisamente, descubrir este amor gratuito de
Dios y abrirnos a él, es lo que nos hace más capaces de ir transformando
nuestra vida y purificando nuestras actitudes.
Jesús nos invita a “entrar
en el reino de los cielos”, en la vida que Dios nos ofrece, entrando en una
nueva forma de relacionarnos con Él: acogiendo su amor, y dejándonos
transformar por Él, para reflejarlo en nuestras obras. Ese amor salvador de
Dios es la Ley que ha de cumplirse. La que prevalecerá, a pesar de los avatares
del mundo.
Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 2,
16-17. 30
“¡Oh, qué [dicha] tan grande será alcanzar esta merced!, pues es
juntarse con la voluntad de Dios, de manera que no haya división entre él y
ella, sino que sea una misma voluntad, no por palabras, no por solos deseos,
sino puesto por obra”.
Meditaciones, 3,1

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