lunes, 5 de enero de 2026

“Venimos a adorarlo” (Mt 2, 1-12)

 

Celebramos la Epifanía: la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos, representados en los magos de Oriente. La carta a los Efesios subraya esta universalidad de la salvación: el regalo que Dios nos ha hecho, su Hijo, es también para los gentiles (los no judíos), para todos los pueblos.

Entre las muchas dimensiones de esta fiesta, podemos fijarnos en algunos rasgos que nos propone el relato de Mateo:

- La búsqueda, el camino. Los sabios de Jerusalén saben decir dónde nacerá el Mesías, pero no se encuentran con Él. Lo alcanzan, sin embargo, unos extranjeros (Mt 8, 11; Lc 13, 29), que, ante un signo que aparece en su horizonte, se ponen en camino, buscan, preguntan... Llegan hasta Jesús, y alcanzan a reconocerlo como Dios (por eso lo adoran). La Verdad no se deja poseer por el hombre, pero se deja buscar y encontrar.

- La fe. La tradición ve la estrella como un símbolo de la fe, que nos llama y que nos va guiando (contando, también con nuestra respuesta libre y nuestro esfuerzo, como esos magos que estudian el significado de la estrella, preguntan…). Aunque el camino sea incierto y con peligros, nos lleva hasta Dios.

- La gratuidad. Es uno de los aspectos más entrañables de esta fiesta. Esos magos ofrecen regalos, como un gesto de reconocimiento hacia el Mesías niño, sin pedirle nada. La gratuidad sitúa las relaciones en un plano verdaderamente humano, que reconoce y afirma el valor de la persona. Cuando amamos a alguien, no por lo que nos puede dar, sino por sí mismo, establecemos relaciones auténticas, que nos ayudan a vivir y crecer.

- La adoración. También nuestra relación con Dios se hace más auténtica y más profunda en la gratuidad. Él nos ha dado todo gratuitamente. Adorar es una forma de orar que nos sitúa, en silencio, ante la grandeza de Dios. Sin buscar ni pretender nada. Sólo para estar con Él. Para mirarle y dejarnos mirar, poner nuestra realidad y nuestra vida ante su mirada (mirada que, como dice Juan de la Cruz, nos ama y nos renueva, nos crea de nuevo). Para amar, para cultivar la capacidad de asombro.

- La ofrenda. Somos también invitados, en este día (y en cada Eucaristía, en el ofertorio), a ofrecer a Dios lo que tenemos, lo que somos, lo que sentimos, lo que vivimos… Abrirlo a su presencia, a su acción, que nos va transformando., Como esos magos, que vuelven a su tierra por otro camino, de otra manera.


Lecturas de hoy (www.dominicos.org)


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