Celebramos la Epifanía:
la manifestación del Hijo de Dios a todos los pueblos,
representados en los magos de Oriente. La carta a los Efesios subraya esta
universalidad de la salvación: el regalo que Dios nos ha hecho, su Hijo, es
también para los gentiles (los no judíos),
para todos los pueblos.
Entre las muchas dimensiones de esta fiesta, podemos
fijarnos en algunos rasgos que nos propone el relato de Mateo:
- La búsqueda, el camino. Los sabios de Jerusalén saben
decir dónde nacerá el Mesías, pero no se encuentran con Él. Lo alcanzan, sin
embargo, unos extranjeros (Mt 8, 11; Lc 13, 29), que, ante un signo que aparece
en su horizonte, se ponen en camino, buscan, preguntan... Llegan hasta Jesús, y
alcanzan a reconocerlo como Dios (por eso lo adoran). La Verdad no se deja
poseer por el hombre, pero se deja buscar y encontrar.
- La fe. La tradición ve la estrella como un símbolo de la fe, que nos llama y que nos va
guiando (contando, también con nuestra respuesta libre y nuestro esfuerzo, como
esos magos que estudian el
significado de la estrella, preguntan…). Aunque el camino sea incierto y con
peligros, nos lleva hasta Dios.
- La gratuidad. Es uno de los aspectos más entrañables de
esta fiesta. Esos magos ofrecen regalos, como un gesto de reconocimiento hacia el
Mesías niño, sin pedirle nada. La gratuidad sitúa las relaciones en un plano
verdaderamente humano, que reconoce y afirma el valor de la persona. Cuando
amamos a alguien, no por lo que nos puede dar, sino por sí mismo, establecemos
relaciones auténticas, que nos ayudan a vivir y crecer.
- La adoración. También nuestra relación con Dios se hace
más auténtica y más profunda en la gratuidad. Él nos ha dado todo gratuitamente.
Adorar es una forma de orar que nos sitúa, en silencio, ante la grandeza de
Dios. Sin buscar ni pretender nada. Sólo para estar con Él. Para mirarle y dejarnos
mirar, poner nuestra realidad y nuestra vida ante su mirada (mirada que, como
dice Juan de la Cruz, nos ama y nos renueva, nos crea de nuevo). Para amar,
para cultivar la capacidad de asombro.
- La ofrenda. Somos también invitados, en este día (y en
cada Eucaristía, en el ofertorio), a ofrecer a Dios lo que tenemos, lo que
somos, lo que sentimos, lo que vivimos… Abrirlo a su presencia, a su acción,
que nos va transformando., Como esos magos, que vuelven a su tierra por otro
camino, de otra manera.

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