domingo, 11 de enero de 2026

“Se abrieron los cielos” (Mt 3, 13-17)

 

Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a Israel (Lc 2, 22-38, la Presentación en el templo) y a todos los pueblos (Adoración de los Magos, Mt 2, 1-11). Y ahora comienza su misión con un gesto humilde: recibir el bautismo de Juan.

Aquel era un bautismo de conversión (Lc 3, Mt. 3) Los que se bautizaban “confesaban sus pecados” (Mt 3,6), como gesto de preparación, expresión de su búsqueda de la Verdad y la justicia de Dios. El gesto de Jesús, uniéndose a esos pecadores que buscan un camino de Vida, revela el sentido de su misión: él nos salvará “tomando nuestras flaquezas y cargando con nuestras enfermedades”  (Is 53,4, Mt 8, 17). Más tarde, Pedro (1 pe 2, 24) dirá que “cargando con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al pecado, vivíamos para la justicia”. Y Jesús se referirá también a su Pasión como bautismo (“tengo que ser bautizado y ¡que angustia hasta que se cumpla!”  Lc 12, 50).

Y en ese gesto de Jesús se manifiesta la Trinidad: vemos a Jesús en el Jordán, el Espíritu que se posa sobre Él, y escuchamos la voz del Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de Dios se manifiesta como misterio de solidaridad con la humanidad: el Hijo de Dios se sumerge en nuestra realidad, asume nuestra historia con sus contradicciones (errores y búsqueda de la verdad, grandezas y miserias…), para comunicarnos su Vida, para salvarnos.

La fiesta de hoy nos invita a recordar y revitalizar nuestro bautismo. En él, nosotros hemos sumergidos en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado. El gesto de derramar el agua sobre nosotros, significa ese empaparnos de la vida de Dios, manifestada en Jesús y animada por su Espíritu. Hemos quedado unidos a Cristo, para siempre. Para vivir unidos a Él y como Él. Para que su Vida vaya fortaleciendo, guiando y renovando la nuestra. Para que su Vida se vaya haciendo presente en la nuestra: en nuestras opciones, nuestras actitudes, nuestra forma de ser. Ello nos compromete a intentar hacer cada vez más presente y más viva nuestra relación con Él, a escucharlo y hacer vida su Palabra. A pasar como Él, “haciendo el bien y curando” (como escuchamos, hoy, a Pedro, resumir la vida de Jesús, Hch 10, 38).


En este pasaje aparece el Espíritu Santo como una paloma que se posa sobre Jesús. En Jesús tiene su sede (el texto alude a la paloma que soltó Noé desde el arca, acabado el diluvio, Gn 2, 8-12, buscando dónde poder posarse). El Espíritu de Dios aletea  y alienta en todas las iniciativas humanas de paz, de justicia, de amor, de hermosura. Pero tiene su sede, su centro, en Jesús: en sus palabras y gestos, en su persona, en su presencia viva (en los sacramentos, en la comunidad cristiana, en la oración). A través de Jesús encontramos el mejor camino a la libertad y la creatividad, a la paz y sabiduría, a todos los dones del Espíritu Santo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

  Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a Israel...