Concluimos hoy el tiempo de Navidad, con la fiesta del
Bautismo del Señor. El Hijo de Dios se ha hecho hombre y se ha manifestado a
Israel (Lc 2, 22-38, la Presentación en el templo) y a todos los pueblos (Adoración
de los Magos, Mt 2, 1-11). Y ahora comienza su misión con un gesto humilde:
recibir el bautismo de Juan.
Aquel era un bautismo de conversión (Lc 3, Mt. 3) Los que se
bautizaban “confesaban sus pecados” (Mt
3,6), como gesto de preparación, expresión de su búsqueda de la Verdad y la
justicia de Dios. El gesto de Jesús, uniéndose a esos pecadores que buscan un
camino de Vida, revela el sentido de su misión: él nos salvará “tomando nuestras flaquezas y cargando con
nuestras enfermedades” (Is 53,4, Mt
8, 17). Más tarde, Pedro (1 pe 2, 24) dirá que “cargando con nuestros pecados, subió al leño, para que, muertos al
pecado, vivíamos para la justicia”. Y Jesús se referirá también a su Pasión
como bautismo (“tengo que ser bautizado y ¡que angustia hasta que se cumpla!” Lc 12, 50).
Y en ese gesto de Jesús se manifiesta la Trinidad: vemos a
Jesús en el Jordán, el Espíritu que se posa sobre Él, y escuchamos la voz del
Padre que lo proclama como Hijo. El misterio de Dios se manifiesta como
misterio de solidaridad con la humanidad: el Hijo de Dios se sumerge en nuestra realidad, asume
nuestra historia con sus contradicciones (errores y búsqueda de la verdad,
grandezas y miserias…), para comunicarnos su Vida, para salvarnos.
La fiesta de hoy nos invita a recordar y revitalizar nuestro bautismo. En él, nosotros hemos sumergidos en el Misterio Pascual de Cristo muerto y resucitado. El gesto de derramar el agua sobre nosotros, significa ese empaparnos de la vida de Dios, manifestada en Jesús y animada por su Espíritu. Hemos quedado unidos a Cristo, para siempre. Para vivir unidos a Él y como Él. Para que su Vida vaya fortaleciendo, guiando y renovando la nuestra. Para que su Vida se vaya haciendo presente en la nuestra: en nuestras opciones, nuestras actitudes, nuestra forma de ser. Ello nos compromete a intentar hacer cada vez más presente y más viva nuestra relación con Él, a escucharlo y hacer vida su Palabra. A pasar como Él, “haciendo el bien y curando” (como escuchamos, hoy, a Pedro, resumir la vida de Jesús, Hch 10, 38).
En este pasaje aparece el Espíritu Santo como una paloma que
se posa sobre Jesús. En Jesús tiene
su sede (el texto alude a la paloma
que soltó Noé desde el arca, acabado el diluvio, Gn 2, 8-12, buscando dónde
poder posarse). El Espíritu de Dios aletea
y alienta en todas las iniciativas
humanas de paz, de justicia, de amor, de hermosura. Pero tiene su sede, su centro, en Jesús: en sus
palabras y gestos, en su persona, en su presencia viva (en los sacramentos, en
la comunidad cristiana, en la oración). A través de Jesús encontramos el mejor
camino a la libertad y la creatividad, a la paz y sabiduría, a todos los dones
del Espíritu Santo.

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