domingo, 10 de agosto de 2025

“Donde está tu tesoro, allí está tu corazón” (Lc 12, 32-48)

 

El Evangelio, hoy, enlaza con el domingo pasado, que hablaba de ser ricos “ante Dios” (como diría Teresa de Jesús, “en Verdad”: verdaderamente ricos). Frente a la falsa seguridad de acumular bienes (“guardaos de toda clase de codicia”), Jesús propone un tesoro inagotable en el cielo. No se trata de oro ni de objetos. Tampoco el cielo es, propiamente, un lugar (como decía el Papa Benedicto XVI). Tiene que ver, más bien, con participar de la vida de Dios. Por ejemplo, cuando nuestro tesoro no son cosas sino personas; cuando es el amor lo que centra nuestro corazón.

Y así, el camino para ello pasa por vivir unas actitudes concretas. Con nuestros actos vamos escogiendo nuestro tesoro, orientando nuestro corazón. Actitudes que enlazan con las mismas de Jesús: libertad frente a las cosas, generosidad, servir, estar despiertos…

El Evangelio invita a preguntarte: ¿Dónde se va situando tu tesoro? ¿Dónde se centra tu corazón?

La carta a los Hebreos nos invita a asumir ese camino con fe. La fe nos hace capaces de colaborar con Dios y abrir camino a sus obras grandes en medio de nuestra realidad, precaria y a veces confusa. Así nos pone el ejemplo de aquellos patriarcas, dispuestos a arriesgarlo todo y a confiar. Aunque apenas llegaran a ver cumplidas las Promesas de Dios, colaboraron con su realización.

Jesús además, nos invita a estar despiertos, en medio de la incertidumbre de la vida (como aquellos criados en medio de la noche), para reconocerle y colaborar con Él, “para abrirle, apenas venga y llame”. Frente a la tentación de la inconsciencia, llama a la responsabilidad (al que mucho se le confió, más aún se le pedirá). Y a una actitud activa y atenta a la realidad (ceñida vuestra cintura, para servir…).

¿Qué lámparas puedo encender? ¿Qué boquetes tengo que prevenir en mi vida?

Todo ello, desde la confianza: “No temáis”. Y desde la conciencia de su amor. En la Eucaristía estamos viviendo ya su promesa: él mismo se ceñirá, los hará sentar a la mesa y acercándose, les irá sirviendo”.


La palabra de Dios siempre es más profunda, y la vamos comprendiendo poco a poco. En los evangelios y algunas cartas del Nuevo Testamento, podemos ver cómo la comunidad cristiana ha ido evolucionando en su comprensión de la espera y la venida del Señor, de las que habla hoy el Evangelio. Inicialmente, su cercanía se comprendió cronológicamente: pensaban que llegaría muy pronto. Poco a poco van comprendiendo que esa inminencia (“estoy a la puerta”, Ap 3, 20) es de otra manera: tiene que ver con su cercanía a toda nuestra realidad; con la forma en que Él se va haciendo, misteriosamente, presente en las situaciones de nuestro mundo y de nuestra vida. Y nos pide que respondamos ante esas situaciones que acontecen, para así colaborar con Él. Para eso necesitamos estar despiertos: discernir cómo se hace presente, qué está haciendo brotar, qué nos invita a cultivar. Y también qué obstáculos y dificultades hemos de remover.

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 2 de agosto de 2025

“El que atesora para sí y no es rico ante Dios” (Lc 12, 13-21)

 

El final del Evangelio de hoy nos ofrece una clave de comprensión fundamental: la disyuntiva entre “atesorar para uno mismo” y “ser rico ante Dios” (o sea, “ser verdaderamente rico”. Pues es Dios quien nos ha dado la vida y quien ve en Verdad).

El pasaje comienza con alguien que intenta llevar a Jesús “a su terreno”, a sus intereses (“dile a mi hermano que reparta…”). Y Jesús, una vez más, responde con libertad y sabiduría, y nos invita a tomar una perspectiva más profunda.

"Aunque uno ande sobrado, su vida no depende de sus bienes". Jesús habla, frecuentemente, de la tentación de poner la confianza en el dinero. Pablo nos dice (Col 1, 5) que la avaricia “es una idolatría”. Cuando el dinero se convierte en un "dios", en el valor más importante, esclaviza y provoca injusticias y violencias. Lo vemos a diario. La parábola del rico necio refleja esa mentalidad del mundo: el deseo acaparar y "darse buena vida", sin pensar en otros (en los planes de ese hombre falta el sentido del compartir, a pesar de que está muy presente en la Ley judía)...  Esas actitudes “consumen” la vida sin darle sentido: la malogran. El deseo de tener, disfrutar... nunca se sacia, y vacía a la persona. Porque su sed pide otra fuente.  

"Guardaos de toda clase de codicia". La avaricia económica es evidente, pero tampoco es la única. También podemos vivir otras dimensiones en clave de "acumular" y de “vivir para sí”: el saber, los éxitos personales, las relaciones humanas (las redes sociales “contabilizan” ilusioriamente esto en forma de seguidores, likes…). También los dones personales (la belleza, la forma física)... Incluso en el ámbito religioso podemos pensar en “acumular” virtudes, méritos...   Esa dinámica nos induce una falsa seguridad, que aboca al desencanto expresado por el Eclesiastés: "todo es vanidad" (Ecl 1, 2).

Jesús nos propone "ser rico ante Dios". En palabras de Pablo (Col 3, 2) “buscad los bienes de allá arriba" (Col 3,2). Esos bienes tampoco son “cosas” que se acumulan, sino más bien disposiciones, actitudes, una forma de ser y de vivir “que va renovando a imagen de su Creador" (Col 3, 10). Es ir aprendiendo a vivir en el amor acoger y de entregarse. Es la confianza, que nos ayuda a vivir nuestra fragilidad y pobreza desde la misericordia entrañable de Dios. Es la gratitud, que descubre el amor que Dios derrama cada día, en  gestos y dones con que envuelve nuestra vida: "sácianos de tu misericordia, y toda nuestra vida será alegría y júbilo" (salmo 89, que rezamos hoy).

Es un camino personal, que cada uno estamos llamados a descubrir: "vuestra vida está con Cristo escondida en Dios", Col 3,3) y a recorrer, siguiendo a Jesús como discípulos, apoyándonos en Él como amigos. Él es el Camino.

En la tarde de esta vida, compareceré delante de ti con las manos vacías, pues no te pido, Señor, que lleves cuenta de mis obras. Todas nuestras justicias tienen manchas a tus ojos. Por eso, yo quiero revestirme de tu propia Justicia y recibir de tu Amor la posesión eterna de Ti mismo. No quiero otro trono ni otra corona que Tú mismo, Amado mío ...”               
(Teresa de Lisieux. Ofrenda al Amor misericordioso)

Al final del camino me dirán: —¿Has vivido? ¿Has amado? Y yo, sin decir nada, abriré el corazón lleno de nombres
Pedro Casaldáliga


Bless the Lord, my soul  (Bendice al Señor, alma mía, y bendice su santo nombre.
Bendice al Señor, alma mía, él me guía hacia la vida)

Lecturas de hoy (www.dominicos.org)

sábado, 26 de julio de 2025

“Señor, enséñanos a orar” (Lc 11, 1-13)

 

Los discípulos comienzan a intuir que, para seguir a Jesús, no sólo han de escuchar sus enseñanzas y llevarlas a la práctica. Para comprender su palabra y para poder vivirla, es necesario que el corazón se renueve: se abra a otra perspectiva, sane heridas y desviaciones… encuentre esa misma fuente de vida en la que Jesús está enraizado.

Porque la fuerza sanadora de Jesús, la sabiduría de su palabra, la libertad y paz con que se mueve, tienen relación con los momentos que pasa en oración, a solas con el Padre (alguna vez, la noche entera: Lc 6,11. También Lc 3,20; 5,16; 9; 9, 18.28; 22,41; 23,46…). Jesús vive siempre en referencia al Abbá, y es en Él en quien encuentra su fuerza, su gozo, su paz.

Y Jesús enseña esta plegaria (transmitida por Lucas de forma algo más simplificada que Mateo). Que es suya: el Padre Nuestro nos conecta con la propia oración y vida de Jesús. A lo largo del Evangelio lo vemos perdonar, hacer presente el Reinado de Dios (que es salud, paz, alegría, reconciliación…), repartir el pan… y llamar a Dios Abbá. La oración del Padre Nuestro nos introduce en esa relación fundamental de Jesús con el Padre. Relación que es posible, porque el bautismo nos ha unido a Cristo, para que podamos participar de su vida (la carta a los Colosenses habla, precisamente, de cómo el bautismo nos une profunda y definitivamente con Jesús).

Vale la pena meditar las palabras y las actitudes del Padre Nuestro. Decía San Cipriano de Cartago (siglo III) que esta plegaria "a manera de compendio, nos ofrece una enseñanza completa de todo lo que hemos de pedir en nuestras oraciones". Encontramos en ella todo un itinerario espiritual.

Lucas transmite aquí, además, otra enseñanza de Jesús: la invitación a la perseverancia confiada, porque Dios escucha nuestra oración (como decimos hoy con el Salmo 137). Así, se nos invita a pedir, buscar, llamar. Sabiendo, por otra parte, que la oración, como toda nuestra relación con Dios, es misterio. No es un rito mágico, con el que se consigue automáticamente lo que se pide, sino una relación que cultivamos con Dios, en la que Él, sobre todo, nos da su Espíritu. Ese Espíritu que crea caminos nuevos, que renueva... que se manifiesta en todo lo que Jesús hace.

"¿Qué haré para tener la vida?" (Lc 10,25). El Evangelio profundiza en aquella cuestión que escuchábamos hace dos semanas: para saber concretar el amor a Dios y al prójimo, nos hacemos discípulos de Jesús. Y aprendemos a orar con Él. Aprendemos así, también, que la oración que va unida a la vida. El Padre nuestro también nos invita a preguntarnos cómo vivimos cada una de las realidades que en él pedimos: el Reinado de Dios en nuestra vida, el perdón, su voluntad, su amor de Padre…

"...entender lo mucho que pedimos cuando decimos esta oración evangelical (…) encierra en sí todo el camino espiritual, desde el principio hasta engolfar dios el alma y darla abundosamente a beber de la fuente de agua viva".

Teresa de Jesús, Camino de Perfección, 42,5




sábado, 19 de julio de 2025

“Una sola es necesaria” (Lc 10, 38-42)

 

El pasaje evangélico de Marta y María sigue a la parábola del “Buen Samaritano”  (“haz tú lo mismo”, Lc 10, 25-37). De algún modo, tiene también, de fondo, la pregunta "¿qué he de hacer...?"

Nos habla de la hospitalidad, al igual que la lectura del Génesis (que ha inspirado el Icono de la Trinidad de Rublev). Abraham acoge, en la figura de aquellos tres misteriosos visitantes, a Dios mismo, que le trae la promesa de la fecundidad. Y esto nos invita a reflexionar en nuestro mundo, con toda la realidad actual de refugiados y emigrantes. ¿Cómo cultivamos la hospitalidad? ¿Cómo acojo al otro (al que llega de lejos, y también al que vive a mi lado?.

Marta acoge en su casa a Jesús, que vive en camino (y antes ha enviado así a los discípulos, como predicadores itinerantes, que se dejan acoger). Jesús recibe esta hospitalidad (es también significativo que se hospeda en casa de una mujer). Y la trata con afecto y confianza.

María da un paso más: “sentada a los pies del Señor, escuchaba su Palabra”. Esta expresión tiene un significado preciso: hacerse discípulo (como se ve cuando Pablo afirma haber sido instruido en la Ley "a los pies de Gamaliel", Hch 22, 3). Sin embargo, la Ley prohibía a las mujeres ser discípulas de un rabino. Tal vez por eso, a la misma Marta le parecería que el afán de su hermana era imposible, y que era mejor que "le echara una mano". Pero Jesús afirma que eso que ha escogido "no se le va a quitar”: Él sí la admite como seguidora.

Y es que eso es lo esencial, “la parte mejor”: ser discípulos de Jesús. Es lo que da sentido a todo lo demás: a la acción y a la oración, a la participación en la comunidad y la vida cotidiana.

Con el salmo, nos preguntábamos quién puede "hospedarse en la tienda de Dios". Él nos invita a acogerlo como Maestro. Como María, ser sus discípulos, y escucharlo: en medio de nuestros quehaceres, y buscando también momentos para el silencio.

 "cuando el alma está en este estado, nunca dejan de obrar casi juntas Marta y María; porque en lo activo, y que parece exterior, obra lo interior, y, cuando las obras activas salen de esta raíz, son admirables y olorosísimas flores; porque proceden de este árbol de amor de Dios y por solo él, sin ningún interés propio, y extiéndese el olor de estas flores para aprovechar a muchos, y es olor que dura, no para presto, sino que hace gran operación".
          Teresa de Jesús, Meditaciones sobre los Cantares, 7, 3



sábado, 12 de julio de 2025

¿Qué tengo que hacer…?” (Lc 10, 25-37)

 

"¿Qué tengo que hacer para heredar la vida eterna?" Ante esa cuestión clave (para cualquiera de nosotros), Jesús invita una respuesta personal, desde la Palabra de Dios: ¿Cómo la lees? Porque podemos, por nosotros mismos, comprender lo esencial: "Amarás al Señor tu Dios..." y "a tu prójimo como a ti mismo".

El doctor de la ley insiste. En su mente legalista, la pregunta significaría "¿hasta qué grado de cercanía, puedo considerar a alguien como prójimo?" (¿los de mi familia, mi tribu, mi nación, mi raza...?). Jesús, entonces, le invita a mirar con una perspectiva diferente, y le propone una situación vital, la de una persona herida al borde del camino, necesitada de ayuda. De hecho, nos invita, al final, a identificarnos con ese hombre herido ("¿cuál de estos tres te parece que ha sido prójimo del que cayó en manos de los bandidos?"). 

Nos invita a despojarnos de etiquetas, para ver en verdad. El levita y el sacerdote vieron el riesgo de contraer impureza al tocar a alguien que podría ya estar muerto, y pasaron de largo. El samaritano (gente, por cierto “etiquetada” como infiel y enemiga) mira sin prejuicios, y ve verdaderamente a ese hombre. Por eso sabe responder como Dios pide.

"Este precepto que yo te mando hoy no excede tus fuerzas, ni es inalcanzable" (Dt  30, 11). Para responder a lo que Dios nos pide, para descubrir los caminos que él nos ofrece, lo más importante es abrir los ojos, ver la realidad. 

Aunque eso también implica un camino, porque nuestra mirada, muchas veces, está condicionada por prejuicios, por miedos, por intereses... Necesitamos acercarnos a Jesús ("El primero en todo, en quien reside toda la plenitud, el que reconcilió todo", como dice Pablo en la carta a los colosenses 1, 15-20) para que nos ayude a salir de nuestros encasillamientos y mirar con otra perspectiva, desde la misericordia y el amor.





domingo, 6 de julio de 2025

“¡Poneos en camino!” “El reino de Dios ha llegado a vosotros” (Lc 10,1-12.17-20)

 

Retomamos hoy el “hilo” de los domingos del año C (que habíamos dejado en marzo). Lucas nos sitúa ya en el camino a Jerusalén, en el que coloca gran parte de las enseñanzas de Jesús. Es el camino hacia la cruz aludida también por Pablo en la carta a los Gálatas, que escuchamos. La entrega de la vida de Jesús, que conduce a la Vida Nueva, es la referencia, el “marco” de todas esas enseñanzas.

Jesús, que antes había enviado a los Doce (Lc 9), envía “otros setenta y dos”. El número hace referencia al de los pueblos de la tierra (Gn 10). También tiene sentido comunitario: ya no son sólo los Doce, sino también los demás discípulos. Además, irán “de dos en dos”: la misión es compartida, y eso hace posible el apoyo mutuo, y también la complementariedad, para anunciar el Evangelio en su amplitud y riqueza.

Jesús advierte de la dificultad: “os envío como corderos en medio de lobos”. Sorprendentemente, la forma de afrontarla no será “blindarse”, sino hacerse al estilo del Maestro, seguir al Pastor. Las instrucciones de Jesús subrayan la sencillez, la gratuidad para compartir (recibir la acogida y ofrecer lo que llevan) la paz (incluso ante el posible rechazo), la dedicación total (sin detenerse a saludar a nadie por el camino, a atender otras visitas o intereses personales). Y los gestos sanadores. Y la confianza, porque “el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Esa confianza está también en la perspectiva de la misión (que nos interpela a nosotros): aunque nuestro tiempo parezca estéril, “la mies es abundante” (¿tal vez tenemos que descubrirla, que mirar de otra manera?).

Involucrados en la misión, los discípulos experimentan la victoria sobre el mal (“hasta los demonios se nos someten”), los signos del Reino, de la acción de Dios (esa que anuncia Isaías en la primera lectura). Y algo más: ellos se van introduciendo en la vida nueva de Jesús. Por eso “vuestros nombres están inscritos en los cielos”. A ello se refiere Pablo, en el final de la carta a los Gálatas que hoy escuchamos. Lo que cuenta no es el cumplimiento de normas o signos externos (circuncisión, etc), sino la transformación interior, el irnos convirtiendo en nuevas criaturas, al estilo de Jesús, con toda la radicalidad de la cruz: la entrega, el amor incondicional y gratuito de Dios. Pablo, que en los versículos anteriores ha referido múltiples motivos para gloriarse (su linaje y práctica judía, su labor evangelizadora, as dificultades sufridas, sus experiencias místicas…), no quiere otra gloria sino la de Jesús, la de su vida entregada por amor.

“¡Poneos en camino!” Un cristiano no es un simple “adepto”, una especie de “consumidor” de una religión. Es alguien llamado a convertirse en criatura nueva, y la misión forma parte de ese camino. Al involucrarnos en intentar hacer presente el Evangelio, vamos comprendiendo y viviendo lo que significa. Ello puede ser en formas sencillas, en medio de lo cotidiano.

¿Dónde y cómo me envía Jesús hoy?


sábado, 5 de julio de 2025

Vivir una experiencia de silencio y oración, de espiritualidad

 

El verano puede ser ocasión para oxigenar el espíritu, para vivir una experiencia de silencio, de retiro, de encuentro más profundo con Dios y contigo mismo.

Los Carmelitas Descalzos tenemos varias casas, en España, que se ofrecen como lugares de oración, silencio, cercanía y acogida. Cada una tiene su propia personalidad y propuesta: desde la vida contemplativa en Batuecas hasta los cursos de espiritualidad que se ofrecen en varias casas, además de tandas de ejercicios espirituales y otras iniciativas.

En la web https://contemplarlavida.com/ puedes encontrar estas casas y estas propuestas.

  El Evangelio habla de un descubrimiento, de un tesoro escondido. Hay quien lo encuentra de forma inesperada, como el labrador que cava en ...